En medio del concreto, el ruido y el estrés cotidiano, una hilera de árboles y un antejardín frente a una casa o edificio puede cambiarlo todo. La ciudad, muchas veces diseñada bajo criterios de eficiencia, funcionalidad y densidad, ha olvidado por años una dimensión esencial para la vida humana: el bienestar.
El bienestar mental, esa dimensión invisible que condiciona profundamente nuestra calidad de vida, ha comenzado a reclamar su lugar en la planificación urbana. Y en este contexto, los espacios verdes, incluso los más pequeños, emergen como oasis de tranquilidad, catalizadores de emociones positivas y puentes hacia ciudades más humanas.
Durante años, la discusión sobre áreas verdes se ha centrado en el valor de los grandes parques urbanos y áreas naturales, sin embargo estos espacios no siempre son accesibles para toda la población, especialmente en sectores centrales o pericentrales, o de alta densidad. Aquí es donde cobran relevancia los pequeños espacios verdes -platabandas, antejardines, jardineras, entre otros- que pueden insertarse en la trama urbana existente, sin requerir grandes extensiones de terreno.
Así, el vínculo entre espacios verdes urbanos y bienestar mental no es solo poético: es científico. A través de un proyecto Fondecyt Regular analizamos barrios tradicionales en las ciudades de Valdivia y Osorno, recogiendo interesantes resultados: las personas experimentan más emociones positivas -como tranquilidad, agrado y relajación- al transitar por calles que cuentan con vegetación diversa en antejardines y platabandas. Por el contrario, la ausencia de vegetación, o el descuido del entorno, se asocia a emociones negativas como el miedo y el estrés.
La evidencia muestra que incluso pequeños fragmentos de naturaleza pueden tener un impacto considerable en la percepción emocional de los peatones. Su presencia no solo mejora la estética urbana, sino que también contribuye a crear ambientes más seguros y caminables. Este tipo de aproximaciones no sólo humaniza la planificación, sino que permite visibilizar las emociones como datos válidos para la toma de decisiones en cuanto a políticas públicas.
Así, las pequeñas áreas verdes no solo empiezan a ser vistas como elementos decorativos, sino como infraestructura esencial para la salud, y ampliar esta mirada requiere una transformación profunda en las políticas públicas, en la formación de profesionales y en la participación ciudadana.

Dr. Antonio Zumelzu Scheel, Director del Instituto de Arquitectura y Urbanismo UACh.