Cuando el compositor y académico Rodrigo Castellanos Reyes ingresó en 2018 a la entonces nueva carrera de Artes Musicales y Sonoras de la Universidad Austral de Chile, encontró una coincidencia que terminaría siendo decisiva: una propuesta curricular abierta a las prácticas contemporáneas del sonido, un espacio equipado para experimentarlas, el Laboratorio de Imagen y Sonido (LIS), y una escena regional donde los conciertos dedicados específicamente a la música electroacústica todavía eran escasos.
De ese cruce surgió, en marzo de 2019, el Ciclo de Música Electroacústica UACh. Lo que comenzó como una iniciativa para acercar estas músicas a estudiantes y nuevos públicos ha cumplido siete años construyendo una trayectoria que hoy permite observar algo más amplio: la formación de una comunidad en torno a la creación sonora contemporánea desde Valdivia, conectada con compositores, investigadores y centros especializados de Chile y el extranjero.
“Contábamos con un nuevo espacio en la Facultad, el Laboratorio de Imagen y Sonido (LIS), que cubría los requerimientos técnicos necesarios para realizar conciertos de esta naturaleza, y sobre todo detectamos que había poca presencia de este tipo de propuestas en la Región”, recuerda Castellanos. La intención, agrega, era “dar a conocer estas prácticas a nuevos públicos y a estudiantes en proceso formativo para, gradualmente, ampliar las audiencias”.
Un concierto que también es experimentación
Hablar de música electroacústica supone entrar en un territorio donde la idea tradicional de concierto comienza a ensancharse. Durante estos años, el ciclo ha presentado obras electroacústicas multicanal, piezas para medios mixtos, trabajos audiovisuales, performances, arte sonoro y distintas formas de experimentación. El sonido puede desplazarse alrededor del público, dialogar con imágenes, combinar instrumentos con procesamiento electrónico o transformar el propio espacio en parte de la obra.
Esa concepción también explica una característica que ha acompañado al ciclo desde sus inicios: las y los artistas invitados no llegan únicamente a interpretar o presentar su trabajo. Asumen la curaduría de cada concierto, seleccionando obras propias y de otros autores, definiendo su orden, pensando la espacialización multicanal e interviniendo incluso en decisiones sobre iluminación, ubicación del público y gráfica. Cada fecha adquiere así una identidad particular.
Por esa plataforma han pasado figuras internacionales como João Pedro Oliveira, de Portugal; Rodrigo Sigal, de México; Adam Stanović, del Reino Unido; Ana María Romano, de Colombia, y Raúl Minsburg, de Argentina. A ellos se suman compositores nacionales como Federico Schumacher, José Miguel Candela y Rodrigo Cádiz, entre otros. El ciclo también ha utilizado el concierto como ejercicio de memoria musical, dedicando programas a autores fundamentales como Gustavo Becerra Schmidt (Chile), Javier Álvarez (México), Francis Dhomont (Francia) y Luigi Nono (Italia).
Ese último aspecto resulta especialmente significativo para su dimensión universitaria. Como explica el actual director artístico del ciclo, Alejandro Albornoz Rojas, los homenajes permiten “revisar la obra de autores históricos y así realizar una labor educativa que abarca tanto el ámbito universitario como el comunitario”. El concierto deja entonces de ser solamente una instancia de exhibición: también se transforma en un lugar para escuchar, contextualizar y comprender una tradición musical que difícilmente circula por los espacios convencionales.
Cuando la pandemia abrió las fronteras
Uno de los momentos que modificó la historia del proyecto llegó precisamente cuando los conciertos dejaron de ser posibles. Durante 2020 y 2021, la pandemia obligó a abandonar temporalmente una de las características esenciales de la música electroacústica: la experiencia espacial y multicanal en una sala.
En lugar de suspender el ciclo, el equipo trasladó su programación a YouTube y desarrolló un formato cercano al podcast. La imposibilidad de reunir físicamente al público terminó abriendo una oportunidad inesperada. Las actividades comenzaron a ser seguidas desde distintos puntos de Chile y del extranjero y fue posible incorporar a la curaduría a compositores residentes fuera del país.
“Si bien la pandemia vino a modificar la experiencia y estructura de un concierto multicanal en vivo, logramos reinventarnos y seguir adelante”, señala Castellanos. A su juicio, ese período permitió alcanzar mayor visibilidad y dio “mucha fuerza al Ciclo”.
La experiencia resulta reveladora de su trayectoria: aquello que nació pensando principalmente en formar públicos locales comenzó a establecer conexiones que posteriormente serían fundamentales para su proyección internacional.
Un proyecto que aprendió a trabajar en red
El regreso a la presencialidad abrió otra etapa. En 2022 se incorporó a la coordinación el compositor y académico Alejandro Albornoz, mientras Castellanos continuó en la dirección artística. El equipo se consolidó además con Joaquín Lagos en producción y coordinación técnica, la diseñadora Eréndira Martínez y el trabajo de difusión de Vinculación con el Medio de la Facultad.
Dos años después, Castellanos y Albornoz decidieron intercambiar funciones. Albornoz asumió la dirección artística y Castellanos la coordinación, estableciendo además la idea de rotar periódicamente estas responsabilidades. Más que un simple cambio administrativo, la decisión buscó evitar que una iniciativa construida colectivamente dependiera permanentemente de una sola persona y abrir nuevas etapas dentro de un proyecto que ya había adquirido continuidad propia.
“Ha sido una gran responsabilidad tomar la dirección artística del ciclo, una iniciativa levantada y consolidada por el colega Castellanos”, señala Albornoz. Su propósito, explica, ha sido mantener “el espíritu inclusivo y de alta calidad musical de las actividades” y profundizar sus conexiones internacionales. “No temo equivocarme al decir que, con mucho esfuerzo de equipo, el ciclo se ha posicionado como un referente en esta área artística en nuestra región y país”.
Esa trayectoria tampoco puede entenderse únicamente desde los conciertos. Parte de su crecimiento ha dependido de la capacidad de conectarse con otros proyectos desarrollados dentro y fuera de la UACh. La International Conference on Live Coding 2021, Plataforma Nodal y proyectos financiados por ANID han permitido articular actividades y traer a Valdivia a especialistas como Adam Stanović, Rob Mackay, Diego Losa y Rodrigo Sigal. También se han generado vínculos con el Laboratorio de Arte y Tecnología del Instituto de Acústica UACh, ACEM Lab y el Festival de Músicas Experimentales Relincha.
Es justamente en esa red donde el ciclo adquiere una dimensión que excede a la Escuela de Artes Musicales y Sonoras: conecta creación, investigación, docencia, tecnología y vinculación con el medio dentro de la propia Universidad, mientras establece puentes con una comunidad internacional especializada.
La universidad como lugar para escuchar lo que todavía está naciendo
Hay otra historia que transcurre paralelamente a la llegada de artistas consagrados. El ciclo también dedica conciertos a la comunidad de Artes Musicales y Sonoras, permitiendo que estudiantes y docentes presenten su propia producción electroacústica. Para sus organizadores, ese encuentro genera una “sinergia muy nutritiva y estimulante”.
Probablemente allí se encuentre uno de sus aportes más importantes para la Facultad. Un estudiante puede escuchar en Valdivia el trabajo de compositores internacionales, participar de actividades académicas asociadas a sus visitas y, al mismo tiempo, encontrar un espacio equipado donde experimentar y hacer circular sus propias obras. El ciclo se convierte así en parte de un ecosistema formativo donde aprender música contemporánea no significa solamente estudiarla, sino producirla, escucharla en condiciones profesionales y confrontarla con un público.
El LIS ha sido fundamental para sostener esa experiencia. No es únicamente la sala donde ocurren los conciertos: su infraestructura tecnológica hizo posible desde el comienzo trabajar con espacialización y sistemas multicanal que forman parte constitutiva de estas prácticas musicales. El desarrollo futuro del ciclo está, por ello, estrechamente ligado al fortalecimiento del laboratorio.
El próximo movimiento
Después de siete años, el desafío ya no parece ser demostrar que existe interés por estas músicas. La continuidad de la programación, la presencia de invitados internacionales, las alianzas construidas y la participación de estudiantes y académicos muestran que el proyecto encontró un lugar dentro de la Facultad y una audiencia que lo acompaña.
Ahora el desafío es darle una estructura que permita crecer. Entre las prioridades se encuentra conseguir financiamiento interno estable, complementarlo con fondos externos y fortalecer tecnológica y logísticamente el Laboratorio de Imagen y Sonido. La nueva etapa proyectada para el LIS contempla ampliar sus funciones hacia proyectos de investigación y titulación e incluso desarrollar un programa de residencias con orientación interdisciplinaria. También se proyecta sacar algunos conciertos fuera del laboratorio para alcanzar nuevas comunidades y audiencias.
Mirado desde 2026, el recorrido permite dimensionar cuánto ha cambiado aquella iniciativa nacida poco después de la creación de Artes Musicales y Sonoras. El Ciclo de Música Electroacústica no solo ha mantenido una programación durante siete años: ha contribuido a instalar en la Universidad y en Valdivia un espacio donde una música históricamente situada en circuitos especializados puede encontrarse con estudiantes, investigadores, artistas y nuevos públicos.
Y quizás esa sea su principal relevancia para la Facultad de Arquitectura y Artes. Año tras año, detrás de cada concierto se han acumulado obras, aprendizajes, tecnologías, colaboraciones y relaciones internacionales. Lo que comenzó en el LIS como una apuesta por hacer audible una práctica musical poco presente en la región ha terminado construyendo algo más difícil de conseguir: una escena y una comunidad desde el sur de Chile para escuchar, experimentar y producir las músicas del presente.