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En días recientes, dos columnas publicadas en El Mostrador[1] —de Miguel Farías y Fernando Gaspar— han puesto el dedo en una llaga que el sistema chileno de investigación y educación superior sigue evitando: la creación artística no es extensión, no es un ornamento cultural ni un premio de consuelo para universidades con menor producción indexada; es una forma de conocimiento que exige estándares, estructuras y financiamiento, y que hoy permanece lejos de la política pública.
La contradicción —ya planteada por Gaspar— es crítica. Por un lado, la ley de educación superior define explícitamente la misión universitaria como un quehacer que se realiza mediante docencia, investigación, creación artística, innovación y vinculación con el medio. Por otro lado, el sistema de aseguramiento de la calidad contempla la dimensión “investigación, creación y/o innovación”. Allí se señala, sin ambigüedades, que las universidades deben desarrollar actividades de generación de conocimiento tales como investigación y creación artística, con políticas y actividades sistemáticas y con impacto. Sin embargo, cuando se trata de algunos de los instrumentos más gravitantes de financiamiento, persiste una regla heredada: en bases de concursos Fondecyt, se declaran inadmisibles las propuestas de creación artística —como señala Farías.
En ese marco, la discusión no es si el arte debe someterse a una lógica de utilidad, ni si debe forzarse a caber en formatos prestados. Lo crucial es algo más básico: ensanchar la noción de conocimiento que organiza nuestras instituciones y, con ello, robustecer la vida intelectual del país.
Un antídoto contra publicaciones dudosas y métricas
Hay otro efecto colateral cada vez más evidente: la obsesión por cuantificar la productividad termina incentivando una carrera por resultados contables, no necesariamente por resultados significativos. Cuando la evaluación se reduce a una planilla, proliferan prácticas editoriales cuestionables y un uso acrítico de métricas. No es casual que iniciativas como DORA insten a no usar métricas como sustituto de calidad, y que recomienden evaluar el contenido y la contribución real. El Manifiesto de Leiden va en la misma dirección: la evaluación cuantitativa debe apoyar la evaluación cualitativa experta, no reemplazarla.
En ese escenario, la creación artística —entendida como conocimiento— puede ofrecer un contrapeso; no porque sea mejor (o peor) que otros dominios, sino porque opera con una lógica distinta: trabaja con sentido, con experiencia situada, con una materialidad (sonora, visual, corporal, textual…) que no se deja reducir tan fácilmente a un conjunto estrecho de indicadores. La creación bien hecha exige responsabilidad estética e intelectual: obliga a justificar decisiones, a dialogar con diversas tradiciones, a responder a contextos, a sostener una propuesta frente a pares y audiencias. Esa exigencia, cuando se toma con seriedad, ayuda a limitar el ruido productivo y a generar más densidad de significado.
[1]
https://www.elmostrador.cl/cultura/critica-opinion/2026/01/10/creacion-artistica-el-punto-ciego-de-la-politica-cientifica/
https://www.elmostrador.cl/cultura/critica-opinion/2026/01/16/creacion-artistica-y-conocimiento-una-obligacion-publica/
Columna de Opinión Felipe Pinto d’Aguiar