En la Región de Los Ríos, el riesgo cardiovascular no se mide únicamente en milímetros de mercurio ni en valores de exámenes. Se mide también en kilómetros de barro, en el aislamiento y en las largas tardes invernales donde el abrigo del fuego moldea nuestro estilo de vida.
El Mes del Corazón se conmemora en Chile desde 1990 para visibilizar la principal causa de muerte nacional: las enfermedades cardiovasculares. Se eligió agosto por el frío que aumenta las urgencias coronarias, antes de un septiembre festivo que eleva el riesgo metabólico por consumo de sal, tabaco, alcohol y cambios de sueño. Según el DEIS, hay cerca de 60.000 inscritos en el Programa de Salud Cardiovascular local, y el 35% presenta riesgo cardiovascular alto.
Aunque son patologías crónicas no transmisibles, cabe preguntarnos: ¿realmente no se transmiten? Sedentarismo, mala alimentación y estrés responden al aprendizaje de estilos de vida. En nuestros valles y costas, estas conductas se transmiten de generación en generación. Entre café, mates y estufas compartimos hábitos, afectos y tensiones. Cuidar el corazón no significa borrar nuestra historia local, sino reflexionar para proteger la vida que amamos.
Prevenir exige ir más allá de la detección precoz; requiere prescripción social, hábitos saludables desde la gestación y comunidades equitativas. Nuestra región invita a disfrutar el entorno y la vida en familia. Hacernos cargo implica adaptar nuestra cultura hacia un bienestar integral que entienda que el cuidado no es solo fisiológico, sino que abarca todas las dimensiones del ser.
Por ello, el verdadero sentido de esta fecha no es recordarnos una vez al año cuidar la salud, sino preguntarnos qué hacemos cada día para que siga latiendo. Detrás de cada control crónico o diagnóstico existe una historia, una familia, un vínculo y alguien que espera volver a casa.
Cuidar el corazón es cuidar la vida propia y la de nuestros seres amados, tanto humanos como seres sintientes que hoy integran nuestras familias más allá de los lazos de sangre. Que ningún invierno, hábito aprendido o cambio pospuesto nos lleve a ignorar las señales de aquello que, al latir, nos recuerda que estamos vivos.