Si el pensamiento humanista y las ciencias sociales quedaran confinados a un espacio residual, destinado a cuestiones supuestamente ajenas al crecimiento económico; si tuviéramos que contentarnos únicamente con explotar las ventajas comparativas derivadas de nuestros recursos naturales; si el desempeño de cualquier ministro se midiera por su capacidad de agradar al ministro de Hacienda de turno; y si la filosofía y la historia estuvieran viviendo sus últimos minutos en la educación escolar antes de desaparecer, habríamos renunciado a la capacidad de imaginar un horizonte común.
Asistimos, quizás, al momento en que comenzamos a perder de vista ese horizonte y, al mismo tiempo, la capacidad de mirar atrás y preguntarnos quiénes somos y quiénes fueron nuestros antepasados. Si esa fuera, en definitiva, la cuota de libertad que las prioridades políticas del país son capaces de conceder a la investigación científica básica, seguramente continuaríamos explotando nuestros recursos naturales, pero terminaríamos explotando la ignorancia.