Eric Hobsbawm fue uno de los historiadores más influyentes del siglo XX. En su obra La invención de la tradición, propuso que muchas costumbres que consideramos antiguas tienen orígenes recientes, a veces circunstanciales o incluso ajenos al contexto en que se consolidan. Según él, las tradiciones no son herencias inmutables del pasado, sino construcciones sociales que otorgan sentido y continuidad a las comunidades.
La actual celebración de Halloween en Chile, y en tantas otras partes del mundo, es una clara expresión de lo que Hobsbawm llamó una “tradición inventada”. Sin raíces profundas en nuestra cultura, esta festividad de origen celta halló, como en gran parte del mundo cristiano, un punto de encuentro con la conmemoración católica del Día de Todos los Santos. Desde ahí, se fue transformando, hibridando y adquiriendo nuevos significados según los tiempos y los contextos donde se instaló.
Vivida desde Chile y desde América Latina, Halloween es una tradición de nuestro tiempo, en constante proceso de invención y reinvención. Lo que comenzó como una práctica foránea se ha vuelto parte del paisaje cultural contemporáneo, una excusa para el juego, el disfraz y la celebración colectiva. Como toda tradición viva, no se trata de repetir un pasado, sino de recrearlo con nuevos sentidos. En ello reside su fuerza: en la capacidad de apropiarse, transformarse y permanecer, tal como ocurre con todas las tradiciones.
