Cuando hablamos de inclusión, muchas veces parece ser algo que ocurre en la vereda del frente. Imaginamos que se trata de una realidad que afecta únicamente a determinadas personas o grupos, y que, por lo tanto, nos interpela solo de manera indirecta, pero no, la inclusión es una tarea colectiva que impacta la calidad de vida, la participación y las oportunidades de toda la comunidad.
Las Instituciones de Educación Superior conocemos bien este desafío, cada año recibimos estudiantes con trayectorias, experiencias, identidades y necesidades diversas. Esta diversidad no constituye una excepción; es la expresión natural de una sociedad que está en permanente transformación. Por ello, avanzar hacia espacios más inclusivos no implica generar respuestas para unos pocos, sino construir entornos más accesibles, respetuosos y participativos para todas las personas.
Durante esta semana, la Universidad Austral de Chile fue anfitriona del Encuentro de la Comisión de Inclusión de la Red de Universidades Públicas no Estatales G9, donde representantes de distintas universidades del país nos reunimos para compartir experiencias, identificar desafíos comunes y proyectar acciones conjuntas en materias de inclusión, accesibilidad y acompañamiento estudiantil.
Este trabajo colaborativo tiene un valor especial porque reconoce que la inclusión no se construye desde una única realidad. Cada institución se vincula con territorios, comunidades y contextos distintos, pero compartimos la convicción de que una Educación Superior de calidad requiere garantizar condiciones efectivas de participación para todas las personas.
La inclusión no es una meta que se alcanza de una vez y para siempre. Es un proceso permanente que exige diálogo, aprendizaje y compromiso institucional. También requiere que dejemos de pensarla como una preocupación exclusiva de ciertos grupos y la entendamos como una responsabilidad compartida.
Porque una sociedad más inclusiva no beneficia únicamente a quienes enfrentan barreras. Nos beneficia a todas y todos.
