Durante décadas, se ha debatido si la especiación ocurre principalmente por aislamiento geográfico —cuando poblaciones quedan separadas y evolucionan por caminos distintos— o si también puede darse en presencia de intercambio genético. Este nuevo trabajo muestra que en el océano ambos procesos conviven.

“Encontramos que cada especie presenta un patrón de divergencia propio, con huellas de aislamiento y de intercambio genético. Esto demuestra que la evolución no sigue un único modelo, sino un continuo de posibilidades”, explica Paulina Carimán, autora principal del estudio.
Las lapas cumplen un rol fundamental en los ecosistemas intermareales, donde actúan como herbívoras que regulan la abundancia de algas y contribuyen a mantener la diversidad de especies en los ambientes rocosos.
Genomas que hablan
Al estudiar el ADN de estas lapas, los investigadores hallaron “pistas” de adaptación en distintas partes de su genoma. Algunas especies mostraron cambios en genes relacionados con el uso de energía y grasas, otras en la capacidad de enfrentar el estrés ambiental o en la manera de regular su actividad energética.
En palabras simples, estos ajustes genéticos son como herramientas que cada especie ha desarrollado para sobrevivir en condiciones muy diferentes de temperatura, salinidad y disponibilidad de alimento a lo largo de la costa chilena.
Un caso especial fue el de Scurria ceciliana, la especie que habita más al sur. Sus poblaciones parecen haber quedado aisladas durante las glaciaciones, pero después volvieron a mezclarse, dejando huellas de ambos procesos en su genoma.
Laboratorio natural de la evolución
La costa chilena, con su marcada diversidad de climas y corrientes marinas, aparece, así como un escenario ideal para estudiar cómo nuevas especies pueden originarse en el mar.
El estudio se centró en dos grandes zonas de transición biogeográfica de Chile que actúan como fronteras naturales para las especies marinas. Entre los 30 y 34°S, zona centro-norte y centro-sur, principalmente entre las regiones de Coquimbo, Valparaíso, Metropolitana y Maule. La segunda zona clave se localiza entre los 41 y 43°S, en el sur de Chile. Esta área, marcada por la historia glacial y la división de corrientes marinas, permitió estudiar a Scurria ceciliana en poblaciones de Chiloé y Magallanes.
“El trabajo confirma que los límites biogeográficos de Chile actúan como barreras naturales que moldean la evolución, pero también que el intercambio genético sigue siendo importante”, señala Pablo Sáenz-Agudelo, coautor del artículo.
Este tipo de investigaciones no solo ayudan a comprender los procesos básicos de la evolución, sino que también permiten anticipar cómo las especies marinas podrán adaptarse a los cambios ambientales futuros, incluyendo el calentamiento global y la alteración de los ecosistemas costeros.
Para la estudiante de postgrado, este proyecto ha sido una experiencia profundamente enriquecedora tanto a nivel académico como personal. Su investigación se enmarca en el proyecto FONDECYT 1190710 e integró trabajo de terreno, laboratorio, análisis bioinformático y un profundo estudio de la historia evolutiva de estas lapas.
Finalmente, la investigación se enriqueció con la colaboración de la académica UACh, Dra. Marie-Laure Guillemin; de la estudiante del Doctorado en Ciencias, mención Ecología y Evolución, Gabriela Narváez; y de la Dra. Emily Giles, quien aportó valiosos recursos genómicos —incluyendo genomas ensamblados, anotaciones funcionales y análisis sobre la evolución de familias génicas— publicados recientemente en 2025 en las revistas Molecular Ecology Resources y Molecular Ecology.
Enlace al artículo: https://www.nature.com/articles/s41437-025-00782-w

