Cada 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígena, fecha para recordar que Chile se debe a sus pueblos originarios: ellos son nuestros orígenes, nuestra raíz, nuestro comienzo, el eco aún de la noche de los tiempos en la cual la cultura de funde con la naturaleza.
De ese origen mítico, donde los humanos y los elementos comportan un origen común, ¿Cuánto hemos honrado realmente a este, el verdadero y genuino origen de nuestra nación? Sólo recientemente con motivo del cambio climático, ha comenzado un retorno a sus saberes ahora llamados soluciones basadas en la naturaleza. Irónicamente mucho antes que Occidente, nuestros pueblos indígenas ya habían comprendido que la eco-nomía es inseparable de los ciclos de la Tierra. Y a pesar de ello, de todo ello, subsiste la deuda de hacer justicia a su historia.
El proyecto de reconocimiento constitucional, que es también su reconocimiento moral, permanece pendiente en el Congreso, haciendo de Chile aun el único de los tres países en América sin reconocerlos. A ellos se suman la pobreza, la desvalorización cultural y las formas de violencia simbólica que siguen sufriendo nuestro pueblos indígenas: formas difusas de racismo social, la restitución pendiente de tierras usurpadas ilegalmente durante buena parte del siglo XIX -XX, la continua degradación de sus instituciones tradicionales que permiten la reproducción de sus sistemas culturales, la falta de comprensión, sino derechamente la ignorancia de los chilenos con aquellos que no son extraños, sino que somos nosotros mismos, como el pueblo mestizo que somos.
¿Cuántos de entre nosotros conoce más que un puñado de palabras de las lenguas de la tierra? Esa obsesión de los chilenos de no mirarnos en este espejo de la historia, ¿es acaso el temor de finalmente vernos a nosotros? ¿De vernos confrontados a asumir lo que no somos capaces de asumir? Mientras esto se mantenga, mientras estas formas de violencia simbólicas se mantengan, no lograremos la paz social. Esta deuda no es solo una deuda del Estado con los pueblos originarios, es también la deuda de cada uno de nosotros frente a nosotros mismos y la incapacidad de los chilenos de mirarse en el espejo de su verdad.
