La llegada de un cambio en el ciclo solar, donde la tierra pasa por su punto más lejano al sol y los días son más cortos, conlleva en la racionalidad mapuche, el inicio de una nueva época, donde la madre tierra, luego de un descanso, ha recuperado sus fuerzas para hacer brotar la vida. Desde la cosmovisión mapuche, se reconoce que este renacer no es solo en la dimensión física de nuestra existencia, abarcando la dimensión espiritual, que conecta al ser humano con la naturaleza, los ecosistemas y los ancestros. En mapuzugun (lengua mapuche), a este proceso se le llama we tripantu o wüñol tripantu, y refiere al inicio de una nueva vuelta al sol, un nuevo año, el que, a diferencia de otras culturas, no es un día, sino una época, una pequeña estación del año.
Escondido en la celebración de la noche de San Juan, es uno de los vestigios de siglos de colonización, en los que tanto la religión impuesta por el Estado, como las escuelas y la propia sociedad chilena, han intentado borrar, en búsqueda del ‘progreso’ y el ‘desarrollo’, culturas milenarias que, con una cosmovisión anclada en el territorio y la espiritualidad, se niegan a destruir el espacio que desde el origen les ha acogido.
Pensar el we tripantu hoy en día, en el marco de una crisis climática global, con economías centradas en la sobreexplotación de recursos naturales y la intervención indiscriminada de espacios ecológico-culturales, conlleva el desafío de repensar nuestra forma de habitar el planeta. Repensar nuestra relación con el entorno, en el marco de políticas que buscan quitar la protección legal de los territorios indígenas para ‘acceder a sus recursos’, demanda analizar si queremos volver a las políticas de usurpación y despojo implementadas por el Estado chileno post guerra de Pacificación de La Araucanía. Frente a esto es factible preguntarse si ¿querer ser un país desarrollado amerita destruir nuestro hogar? ¿no existen otras vías para el desarrollo?
En tiempos de we tripantu es posible parar, pausar, descansar, para renovar las energías, para restaurar el equilibrio entre el plano físico y espiritual de la vida, para que la madre tierra vuelva a hacer brotar vida.
